dimecres, 25 de febrer de 2009

UNA PEQUEÑA HISTORIA


DECISIÓN

Miro a la abuela dentro de aquella caja fría y cerrada, el cristal deja ver su cara, los ojos cerrados, su cuerpo sólo piel y sombra de lo que fue su vida. La encontré muerta en la cama, parecía dormida, tenía el aspecto de estar tranquila y serena, sencillamente aquél día no despertó. Había dejado de vivir. Tenía 90 años.
La recordaba en la plenitud de sus fuerzas junto al abuelo, en la foto del día de su boda, colgada en la pared del cuarto del piano.
El color de su piel clara, casi transparente, ojos azules y cabellos rubios que con el paso del tiempo se habían transformado en canos, dándole a su rostro un aspecto de dulzura. Su carácter era fuerte, luchador y de rápidas decisiones.
Su vida con el abuelo no había resultado nada fácil, él era un hombre débil de salud y de carácter. Siempre con su sombrero, su bastón y sus trajes impecables. Aquél bigote perfectamente recortado y que yo creía le daban un aire de artista. Adoraba a la abuela. Había sido constructor y entre sus amigos, se encontraban los arquitectos Puig Cadafalch, Doménech Montaner, con los que colaboraba en sus proyectos. Su débil salud le condujo a una muerte prematura, murió a los 60 años.
Habían tenido seis hijos, cinco chicos y una única chica que había sido mi madre. Yo también era la única chica entre mis ocho primos, lo que hacía que fuera el ojito derecho de mi abuela.
Me encontraba a gusto en la casa grande. Me había contagiado su afición por la lectura, con frecuencia, me daba libros para leer y le gustaba que una vez leídos le diera mi opinión. Las estanterías de su biblioteca llenas y perfectamente ordenadas, la abuela siempre sabía cuál era el libro que le solicitabas y donde estaba. Disponía de unas pequeñas fichas en las que anotaba el nombre del autor, el título y su opinión después de la lectura.
Era una buena pianista, de vez en cuando nos deleitaba con algún pequeño concierto, me encantaba ver como sus largos y finos dedos se deslizaban por las teclas del piano, se podían escuchar los minuetos y las sonatas casi todas las tardes, sobretodo en las reuniones de los jueves, a las que acudían algunas de sus amistades, que a parte de la música, también comentaban en animadas tertulias los acontecimientos del momento.
En la sala del piano colgaban las fotografías de todos los componentes de la familia. Presidia la del día de la boda, ella una preciosa muchachita de 21 años y el abuelo un apuesto galán de 30.
Al lado mi tío Jaime, fallecido en la batalla del Ebro con 19 años. Después las fotos de todos los hijos, el tío Rafael, el mayor de todos ellos, soltero empedernido y gran aventurero, muy parecido al abuelo, con el mismo bigote y un fantástico sombrero. Mi tío Juan que había escogido la carrera de arquitectura, al lado de su mujer la tía Carmen una mujer rolliza y muy alegre, le habían dado cuatro nietos la abuela.
El tío Mateo con su mujer Mercedes, habían tenido también 4 hijos. El tío Pedro con su mujer Catalina, una mujer muy arisca y poco amable a la que no le gustaba la casa grande ni tampoco la relación con ninguno de nosotros. No tenían hijos y le molestaban los niños, no soportaba el griterío y la algarabía que formábamos todos, cuando nos reuníamos. Recuerdo a la tía Catalina siempre con dolor de cabeza. Dejaron de acudir a la casa grande y su recuerdo se borra de mi mente. Años después el tío Pedro volvió sólo, nadie nos explicó que había ocurrido, tampoco mostramos gran curiosidad en ello. Después de su regreso, el tío Pedro se mostraba muy cariñoso con todos nosotros, recuerdo que le gustaba que hurgaramos en los bolsillos de su chaqueta, de los que siempre salían toda clase de dulces y caramelos que hacían nuestra delicia. Jamás se volvió a nombrar a la tía Catalina.
Y Rosa, mi madre, la única mujer en aquella familia con mayoría de hombres, en las fotos la veía en distintos momentos de su vida, en la infancia, en la adolescencia, el día de la boda con mi padre, y conmigo siendo un bebé.
La abuela había sido la conductora de aquella familia en vida del abuelo y después de su muerte. El abuelo siempre había justificado su debilidad en su falta de salud. Cuidaba en extremo su aspecto personal y delegaba las tareas propias de su trabajo, primero en su hermano Joaquín, y más tarde en sus hijos Juan y Mateo. Más adelante y después de su regreso se les unió el tío Pedro, muy animado y con ganas de trabajar.
Ya como propietaria de la casa grande, me propuse ordenar a mi manera todas las pertenencias de la abuela. Mi madre, mis tíos y mis primos se llevaron alguno de los muebles, cuadros y objetos que tenían un valor económico y también sentimental, siempre siguiendo las indicaciones que la abuela había dejado por escrito. Aún después de muerta seguía guiando nuestras vidas. Cada objeto que adjudicaba, tenía escrito el motivo por el cuál se lo dejaba y como creía ella que debía hacerle uso. Leyendo los escritos de su puño y letra nos parecía oír su voz suave insinuando lo que deseaba.
Pasados unos días de gran agitación y alboroto, la casa grande se quedo medio vacía y para mi sola. Entonces me propuse hacerla mía de verdad, reorganizar todo lo que quedaba y sobretodo profundizar en el cuarto del piano, el lugar de la abuela. La puerta como siempre chirriaba, era la señal de la entrada y salida de la abuela, que todos respetábamos.
Aquél cuarto me era familiar, pero no conocía todos sus espacios, siempre me había intrigado el pequeño armario situado al lado de uno de los ventanales y que siempre permanecía cerrado con llave. Encontré la llave en el cajón de la mesita de noche de la habitación de la abuela, dentro de un sobre en el que había escrito : “Para Claudia” con las llaves una nota explicativa: “ Claudia estas son las llaves del armario pequeño del salón del piano, todo lo que encuentres es tuyo, deseo que sepas hacer un buen uso de ello. Con todo mi amor. La abuela”.
En aquél armario encontré toda la vida de la abuela, cantidad de cuadernos escritos y numerados, en cada uno de ellos la fecha, el año y su nombre: Claudia Delás.
Jamás había pensado que la abuela escribiera casi a diario. Ojeándolos me daba cuenta de que allí estaba todo, su vida y la de todos los que vivimos junto a ella. Estaba sorprendida por el impresionante descubrimiento. Como ella me indicaba en la nota, debía pensar que hacía con todo aquél hallazgo, permanecí toda la noche leyendo aquellos cuadernos con aquella la letra tan suya, clara y perfecta .
Empezaba a descubrir alguno de sus secretos más preciados, su relación con el abuelo y sus viajes anuales para visitar a su amiga del sur de Francia.
Estaba decidida, leería todos los cuadernos y después escribiría la vida de aquella abuela, que era la mía y que empezaba a inquietarme, por lo desconocida que me parecía.

1 comentari:

isa & marta ha dit...

Rescata tus raices, aprovecha la sabiduría de esa mujer hermosa que fue tu abuela.
Qué lindo redescubrirse en la historia familiar.